domingo, 31 de octubre de 2010

¿Dónde están las civilizaciones extraterrestres?


Cincuenta años después de que el físico italiano Enrico Fermi planteara su famosa Paradoja, la Humanidad sigue preguntándose: ¿dónde están ellos?, ¿por qué no tenemos pruebas irrefutables de la visita o existencia de civilizaciones extraterrestres? Quien desee una respuesta a esta incógnita, se encontrará con una sorpresa: existen decenas de ellas entre las que elegir.

Stephen Webb, un físico que trabaja en la británica Open University, lleva años investigando y reuniendo las diversas “soluciones” aplicables a la Paradoja de Fermi. En su reciente libro, “Where is Everybody?”, llega a una desalentadora conclusión: el problema sigue siendo tan intangible, tan huidizo debido a nuestros pobres conocimientos, que aún somos incapaces de determinar cuál de ellas es la verdadera "si es que realmente alguna lo es".


Pero no nos desanimemos. Quizá sea usted una mente inquieta capaz de proporcionar una solución original y, por qué no, definitiva a la Paradoja. Sin embargo, si prefiere tomárselo con calma y averiguar primero lo que otros han dicho antes al respecto, siga leyendo y descubrirá algunas de las conclusiones más interesantes a las que han llegado expertos y estudiosos del tema.

Stephen Webb, en su profundo trabajo de recopilación, ha organizado las posibles soluciones a la Paradoja de Fermi en tres grandes grupos de optimismo decreciente. El primero de ellos es el que contempla la más sencilla resolución: los extraterrestres ya están aquí o nos han visitado alguna vez.
La primera contestación que recibió Fermi estuvo precisamente en esta línea, y procedía de su buen amigo Leo Szilard, con quien compartía mesa en Los Alamos. Aunque en honor a la verdad, no parece que hablara demasiado en serio: el científico dijo, medio en broma, que los extraterrestres ya tenían un nombre: húngaros. Szilard, que había nacido en Budapest, compartía ciudad natal con sus colegas Eugene Wigner, Edward Teller, John von Neumann o Theodore von Kármán, todos ellos auténticos genios en sus respectivos campos de la Ciencia. Tan brillantes eran (Neumann fue considerado el hombre más listo del mundo) que sus colegas los llamaban a menudo “los marcianos”.

La siguiente solución aportada resultaba bastante más obvia. En el apogeo de la histeria provocada por la aparición de platillos volantes, parecía claro que éstos procedían del espacio exterior, que nos estaban visitando con frecuencia y que incluso se atrevían a entrometerse en nuestros asuntos. Si los famosos OVNIs están además tripulados por extraterrestres, la Paradoja de Fermi queda resulta de inmediato.

Suponiendo que no nos convenza demasiado el origen de los platillos volantes, aún no debemos renunciar a la existencia de civilizaciones extraterrestres (CETs). Quizá nos visitaron en un lejano pasado, y dejaron pistas sobre su presencia en nuestro planeta. Autores de dudosa fiabilidad, como Erich von Däniken, han escrito mucho sobre ello. En todo caso, dichas señales podrían encontrarse en nuestro planeta, la Luna, Marte o cualquier otro planeta del Sistema Solar.
En 1996, la NASA anunció la posible (y polémica) existencia de fósiles de vida marciana en un meteorito caído y recogido en la Antártida. Si existió vida en la historia remota del Planeta Rojo, y ésta consiguió llegar hasta aquí hace mucho tiempo, para después evolucionar, podríamos llegar a una nueva conclusión: los extraterrestres (marcianos) existen, pero somos nosotros. Algunos científicos, de hecho, insisten en que la vida terrestre procede del espacio (teoría de la panspermia). Si la “plantación” fue, además, deliberada, tendríamos otra prueba de que ahí afuera hay alguien que ya nos ha visitado, al menos una vez.

También resulta curiosa la propuesta de John Ball, que nos habla de la Tierra como un “zoológico” preparado por los extraterrestres. Civilizaciones muy avanzadas aparecerían y desaparecerían en la Galaxia, destruidas por sus enemigos o por sí mismas. Alguna de ellas podría haber deseado establecer una reserva en este planeta azul, alejada del “ruido galáctico”, donde la vida pudiera desarrollarse sin verse afectada por los dramáticos acontecimientos del exterior. Así, nuestro mundo sería sólo un ente para ser observado, ajeno a todo lo demás. Una variación del escenario del zoológico, ideada por Martyn Fogg, propone que la Tierra podría estar bajo la esfera de influencia de alguna civilización tan avanzada que, no necesitando de sus recursos, no desea que su esencia sea contaminada por influencias exteriores.
En una línea similar, pero muy “matrixiana”, Stephen Baxter sugiere que la Tierra y sus inquilinos viven en una especie de simulación de realidad virtual, que nos proporciona una impresión artificial del Universo semejante a la que tenemos cuando entramos en un planetario. Nos inculcarían así la ilusión de que estamos solos en el Universo, y nos alejarían de cualquier influencia que cambiara nuestra línea evolutiva natural.

La última solución de este grupo de propuestas nos acerca a la teología. Si creemos en su existencia y otorgamos un carácter omnipotente a Dios, es posible que, ante nuestros ojos, las civilizaciones extraterrestres más avanzadas no se distingan demasiado de este ser supremo. En este sentido, Edward Harrison propone que nuestro Universo, con sus leyes físicas y constantes particulares, habría sido creado artificialmente en un laboratorio, dentro de otro universo mayor.

El segundo grupo de soluciones a la Paradoja de Fermi sigue otorgando visos de realidad a la existencia de CETs. Pero si bien deben estar ahí fuera, todavía no se han comunicado con nosotros.
¿Cómo justificar esta falta de contacto? La forma más directa es aquella que afirma de forma categórica que las estrellas están demasiado lejos; siendo esto rigurosamente cierto, el viaje interestelar podría no ser posible, lo que evitaría que los extraterrestres vinieran a visitarnos, aunque quisieran hacerlo.
Alternativamente, y esperando que, armados con una tecnología alejada de cualquier cosa imaginada, fueran capaces de recorrer tan vastas distancias, nuestros amigos podrían estar ya en camino: simplemente, no habrían tenido tiempo de llegar hasta nosotros. Tengamos en cuenta que, a la velocidad de la luz, tardaríamos más de 4 años en llegar a la estrella más próxima a nosotros, o millones de años si nos dirigiéramos hacia otras galaxias. Quizá nuestros hermanos espaciales viajan en naves-mundo preparadas para colonizar a medida que avanzan, vehículos que han asistido al nacimiento y muerte de innumerables generaciones de individuos.
Pero incluso si la colonización de la Galaxia estuviera tan avanzada, la Tierra podría haber quedado al margen. Geoffrey Landis opina que algunas civilizaciones podrían encontrar más atractivas unas zonas que otras, en función de su propia naturaleza. Si no pudimos ofrecer algo de interés para ellos, tal vez hayamos sido ignorados. Otra posibilidad es que los propios extraterrestres consideren viajar personalmente a otros mundos un acto de desgaste biológico injustificable. Siendo muy avanzados, puede que no nos visiten ellos, sino sus máquinas, en especial aquellas capaces de auto-replicarse y extenderse exponencialmente a través del espacio (como las sondas de Bracewll-von Neumann), asimilando la materia prima que encuentren en el camino.

Tampoco hay que desdeñar las peculiaridades que distinguirían a las civilizaciones extraterrestres. Algunas de ellas podrían haber encontrado sus fuentes de energía en ámbitos distintos al espacio normal, no teniendo ninguna necesidad de desplazarse a otros mundos. O acaso hayan decidido quedarse en casa y comunicarse sólo vía radio o un sistema equivalente.

¿Por qué querrían quedarse en su mundo sin explorar? Si antes hablamos de que podríamos estar viviendo en una realidad virtual creada por ellos, lo contrario podría ser asimismo cierto. Su sofisticación tecnológica les habría hecho edificar una realidad alternativa mucho mejor y más placentera que la real.
Algunos científicos, en cambio, creen que es culpa nuestra no haber detectado CETs. Estos seres podrían haber estado intentando comunicarse con nosotros desde hace tiempo, quizá desde siempre, sin que nosotros hayamos obtenido todavía las herramientas precisas para poder oírles. Las comunicaciones podrían hacerse no sólo a través de ondas de radio, algo que ya dominamos, sino también mediante ondas gravitatorias, partículas exóticas, o sistemas que aún no hemos descubierto. ¿Y si están utilizando un medio de comunicación que sabemos cómo utilizar, pero del cual carecemos la frecuencia exacta por la que transmiten? Las actuales búsquedas SETI se desarrollan por el momento casi “a ciegas”.

Siendo más optimistas, imaginemos poseer ya las herramientas y la frecuencia de recepción. ¿Bastaría con ello? No. Deberíamos saber hacia dónde mirar y orientar bien nuestros instrumentos. Hay millones de estrellas ahí fuera y no estamos muy seguros de cuáles tienen mayores probabilidades de poseer planetas habitados. Actuamos basándonos en suposiciones más o menos científicas, esperando, por qué no, el apoyo de la suerte. Sin ella, buscar a tan escurridiza aguja en el inmenso pajar cósmico podría suponer millones de años de trabajo sin recompensa alguna.
Por fortuna, no faltan quienes creen que la señal que delatará la existencia de las CETs ha sido ya capturada por nuestros radiotelescopios. Nuestro problema sería que somos incapaces de identificar esa señal, separándola del ruido de fondo. No en vano el análisis de las señales, en investigación SETI, es tanto o más importante que su obtención. Otros prefieren pedir paciencia: a pesar de que hemos observado el cielo con detenimiento, lo hemos hecho durante relativamente poco tiempo. Peor aún, quizá prestamos atención a las señales de una determinada estrella cuando nuestros amigos alienígenas estaban “cambiándole los fusibles” a su antena de transmisión y por tanto ésta se encontraba inactiva. El éxito dependerá, probablemente, de nuestra constancia.

El auge alcanzado por la investigación SETI en nuestros días plantea otro curioso interrogante. ¿Y si todos escuchan y nadie transmite? Si descontamos nuestras señales de radio y televisión, nosotros lo hicimos brevemente hace tiempo, pero nuestro mensaje puede haber pasado totalmente desapercibido o requerir millones de años para llegar a un indeterminado punto de destino.

Existe otra desalentadora posibilidad: las CETs podrían NO querer comunicarse con otros mundos. La psicología extraterrestre se nos escapa, y no podemos esperar que cumplan con nuestro código de conducta. Quizá tienen miedo de ser descubiertos y colonizados por otras razas más a la vanguardia técnicamente, o puede que ya sean tan avanzados que no encuentren interés alguno en entablar relaciones con seres claramente inferiores.

Cambiando de registro, y desde un punto de vista científico, es posible que algunas civilizaciones empleen unas matemáticas demasiado distintas a las nuestras. Su concepto de la Ciencia y su descripción de la naturaleza serían tan diferentes que no sabemos si seríamos capaces de entendernos. Podrían estar transmitiéndonos señales en las que no sabríamos reconocer la artificialidad que los delatara. Esperemos que existan civilizaciones más semejantes a nosotros, o al menos, deseosas de ser comprendidas al más bajo nivel posible.

Otros autores denuncian nuestra relativa falta de conocimientos. Somos una especie joven, cuya ciencia apenas lleva acelerando progresivamente unos cientos de años. Todavía no hemos sido capaces de desarrollar una teoría del todo, que englobe gravitación, electromagnetismo, sistemas cuánticos... No podemos declarar saberlo todo sobre el Universo, ni sobre los fenómenos que en él se desarrollan. Podríamos especular aquí sobre universos paralelos, otras dimensiones..., lugares en los que no sabemos buscar y que podrían estar habitados por seres reales pero inalcanzables desde nuestro punto de vista.

Contemplando nuestros propios problemas como especie inteligente, tal vez debamos plantearnos si es posible convertirse en civilización avanzada sin autodestruirse en el proceso. Existirían muchas CETs tan avanzadas como la nuestra, pero también tan imposibilitadas como nosotros de viajar o comunicarse de forma apropiada. Ninguna de ellas alcanzaría ese umbral mágico, porque todas acabarían desapareciendo, destruidas por su propio potencial o sus defectos. Como ejemplo, consideremos el crecimiento exponencial en la capacidad de nuestras máquinas y ordenadores. Vernor Vinge considera que hacia 2030 nuestras computadoras habrán alcanzado un estado de inteligencia sobrehumana. En poco tiempo podrían tomar el control y provocar la desaparición del Hombre. Teniendo en cuenta que la computación es un requisito para mirar hacia las estrellas con ambición, este desastre podría estar ocurriendo ahora mismo en todo el Universo. Pero aún deberíamos preguntarnos: ¿dónde están esas súper-inteligencias mecánicas?

Otras civilizaciones jamás desarrollarán ordenadores que las destruyan. Su entorno (subterráneo, por ejemplo) podría no haber propiciado el desarrollo de las matemáticas o la astronomía. No sabrán ni se preguntarán nunca si existen otros seres vivos en el espacio.

Para cerrar este grupo de posibles respuestas a la Paradoja de Fermi, conviene mencionar la propuesta de Michael Hart, que concede que existen muchas CETs, pero ninguna en nuestro horizonte visible. Dada la velocidad finita de la luz, si el Universo, por su parte, fuera infinito, sólo podríamos tener acceso a una parte de él. Aunque estuviera lleno de vida, lo que estuviera demasiado lejos estaría siempre fuera de nuestro alcance.

El tercer y último grupo de soluciones a la Paradoja es el que contiene una visión más radical de nuestra singularidad. Seríamos únicos, y estaríamos solos, porque los extraterrestres no existen.

Fermi pensaba en las civilizaciones inteligentes, no en la simple vida más o menos evolucionada. Nosotros creemos serlo, pero quizá no sea tan fácil que otras aparezcan en el Universo. Si examinamos el encadenamiento de circunstancias que se han confabulado para que una especie de homínidos, en varias ocasiones cercana a la extinción (como muchos de sus congéneres de otras especies), haya alcanzado esta posición en la que nos encontramos, es lícito preguntarse si dicho proceso puede repetirse muchas otras veces. Escalas evolutivas, factores climáticos, materias primas, y tantos otros factores han sido como una carrera de obstáculos para el Hombre. Muchas cosas podrían haber sido un poco diferentes, y no estaríamos aquí para plantearnos esta duda existencial. ¿Nos ha tocado la lotería y somos los únicos seres que tratan de obtener la súper-inteligencia?

Suponiendo que este proceso de desarrollo que convierte a animales en seres muy listos sea mucho más factible de lo que pensamos, aún deberemos reconocer que la vida tardó mucho en aparecer desde el nacimiento del Universo, y que la nuestra bien podría ser la única civilización que ha tenido tiempo de alcanzar este grado de desarrollo. Las probabilidades dependen, como se ha dicho, de muchos factores. Por ejemplo, consideramos que la inteligencia necesita de un planeta apto para florecer. Algunas estimaciones nos hablan de un Universo muy grande, pero el número de sistemas planetarios (que se crean a partir de materiales previamente producidos por estrellas extinguidas) podría no serlo tanto, así que las oportunidades para la vida serían asimismo escasas (y menores aún para la inteligencia). Sobre todo si los únicos planetas adecuados deben ser rocosos, como la Tierra.

De forma similar, la vida tal y como la conocemos precisa de algunos elementos químicos muy concretos, algunos de los cuales son el producto de las reacciones nucleares de estrellas viejas. Si la vida ha tenido que esperar para reunir sus ingredientes, nosotros podríamos ser los primeros en gozar de este nivel de evolución.

Hay más limitaciones a la existencia de vida en un sistema planetario. La zona habitable es relativamente estrecha, y depende del tipo de estrella y de la distancia a su superficie. La clave se encuentra en mantener el agua en estado líquido, el elemento más esencial para la vida. En el Sistema Solar, la zona habitable se reduce a una franja que va aproximadamente desde la órbita de Venus a la de Marte, siendo la mejor región aquella donde se encuentra la Tierra. En otras estrellas, las zonas habitables no siempre estarán ocupadas por planetas adecuados. Y cuando lo estén, la variabilidad (variación en el brillo) de la estrella podría desplazar periódicamente dicha zona habitable a muchos millones de kilómetros de distancia, exterminando cualquier ser vivo que quedara atrás.

En nuestro Sistema Solar, Júpiter cumple una función muy importante. Su enorme atracción gravitatoria elimina escombros, como asteroides y cometas, que de otra forma podrían caer más frecuentemente contra la Tierra, produciendo extinciones masivas y retrasando el reloj del desarrollo biológico. Si otras estrellas no poseen planetas similares a Júpiter, podría ser muy difícil que la vida prosperara durante el tiempo suficiente. Eso no quiere decir que la caída de objetos contra un planeta vivo no sea necesaria, ya que éstos pueden proporcionar los impulsos evolutivos que permitan hacer un gran salto adelante. La historia de la Tierra está repleta de ejemplos de este tipo. Necesitábamos un nivel de impactos concreto, y esto también lo consiguió Júpiter, gracias a su influencia sobre el cinturón de asteroides.
Además de la variabilidad lumínica (energética) de muchas estrellas, hay otros peligros a considerar. Una supernova cercana (la explosión de una estrella vieja y muy masiva) o los famosos estallidos cósmicos de rayos gamma pueden barrer la faz de un planeta y esterilizarlo. La vida no puede prosperar ante estos dramáticos acontecimientos. En el propio planeta, acechan los impactos, las eras glaciares, las grandes erupciones volcánicas que envenenan el aire y causan cambios climáticos, etc. La Tierra ha sufrido estos percances y ha experimentado extinciones masivas que pueden volver a repetirse, acabando esta vez con nosotros.

Aspectos más sutiles de la constitución de nuestro planeta, pero muy importantes, han influido en el éxito de la vida terrestre hasta ahora. La Tierra posee un sistema tectónico de placas que transforma los continentes y renueva la superficie. Su núcleo interior está activo y provoca la aparición de un campo magnético que nos ha protegido de las radiaciones y partículas más letales procedentes del Sol. Sin este escudo, como el de la capa del ozono, la vida no habría podido desarrollarse al aire libre y evolucionar.

Incluso la Luna ha jugado un papel esencial en nuestra supervivencia. El sistema Tierra-Luna, casi un planeta doble, está íntimamente relacionado. Nuestro satélite no sólo provoca las mareas, también influye en la inclinación del eje de la Tierra, que a su vez es la responsable de la existencia de estaciones, un motor biológico inigualable. Hemos sido afortunados de tener a la Luna, y su origen no pudo ser más casual: un planeta parecido a Marte chocó contra la Tierra en el pasado más lejano, produciendo suficientes escombros para su formación.

Los científicos no sólo se preocupan de los acontecimientos que dieron lugar a una especie inteligente. La propia génesis de la vida es una incógnita que nos dificulta valorar cuán abundante puede ser en el Universo. Los pesimistas opinarán que, de nuevo, su aparición es una carambola cósmica de difícil repetición.
Suponiendo que la vida apareciera de forma sencilla, no es fácil explicar qué hizo que las células procariotas (como las bacterias) evolucionaran hacia las eucariotas (que componen a plantas y animales). Sin sistemas multicelulares no hay complejidad, y sin ella no se puede avanzar hacia la inteligencia.

Concediendo que este salto evolutivo es posible (ya ocurrió en nuestro planeta), aún estaremos lejos de obtener seres capaces de construir herramientas. El Hombre lo consiguió “pronto”, pero sólo porque sus antecesores eran primates que vivían en los árboles, y que por tanto poseían extremidades (manos y pies) adaptados a este entorno. Un día, algo (un cambio climático, por ejemplo) les hizo bajar de los árboles y empezar a moverse a través de la sabana africana, donde se convirtieron en bípedos para así poder atisbar por encima de la vegetación en busca de enemigos y presas. Liberadas sus manos, aprendieron a transportar con ellas alimentos, a cuidar de sus hijos y a construir herramientas. Un proceso que proporcionó mejores medios para cazar, para cambiar su alimentación y para desarrollar su cerebro. Ahora construimos automóviles, armas de destrucción masiva y radiotelescopios para escuchar a los extraterrestres. ¿Han seguido estos últimos una ruta equivalente?
Si tenemos presente que hasta hace unas decenas de miles de años aún compartíamos escenario con otras especies de homínidos, como los neandertales, nos daremos cuenta de que nuestro alzamiento hasta una posición preponderante no era en absoluto inevitable. Los hombres de neandertal también tenían herramientas, eran listos y cazaban, pero se extinguieron. Los extraterrestres pueden haberse extinguido antes de ser conscientes de su presencia en el Universo.

Nuestra propia inteligencia es un parámetro cuestionable, ya que depende de nuestro enorme bagaje cultural, producto de incontables generaciones. Si lleváramos a la escuela de nuestros hijos a un joven Homo sapiens de hace 30.000 años, probablemente acabaría siendo tan listo como ellos y yendo a la universidad. Si uno de nuestros retoños viajara en el tiempo hasta una cueva de los hombres primitivos, y creciera entre ellos, sin duda no sería mucho mejor que sus nuevos amigos. Nuestro cuerpo y cerebro realizaron su último salto evolutivo importante hace todo este tiempo, y son sólo la sociedad y la cultura que nos inculcan lo que nos diferencia de los hombres de Cromañón. Alcanzar nuestro nivel de inteligencia no ha sido pues sencillo. Han sido precisas muchas generaciones de pensadores e inventores. Otorgando a nuestro gran invento, el lenguaje (y con él la escritura y la transmisión de conocimientos), un papel central en el desarrollo de nuestra inteligencia, comprenderemos que, sin este ingrediente, una civilización extraterrestre podría no aparecer jamás. Seres conscientes de su existencia, pero sin lenguaje, no podrían compartir conocimientos y experiencias más allá de los más elementales. Así es imposible esperar una revolución científica y la creación de una tecnología que permita intentar un contacto.

Son tantos los obstáculos en el camino hacia el desarrollo de la ciencia, el único mecanismo que conocemos para convertirnos en una civilización avanzada, que no es extraño que haya tanta gente que opine que somos los únicos seres inteligentes en el Universo. Stephen Webb finaliza su enciclopédica búsqueda de respuestas aportando su propia visión del problema: la Paradoja de Fermi sigue retándonos debido a nuestra ignorancia. A pesar de los avances producidos, seguimos sin conocer muchos detalles fundamentales que harían rechazar algunas de las soluciones presentadas aquí, y que crearían otras nuevas más próximas a la realidad.

Lo único claro por el momento es que hemos sido incapaces de probar, sin ningún género de dudas, que existen las CETs. Con la información de la cual disponemos en estos instantes, bien podríamos ser la única civilización inteligente, al menos en la Galaxia. Hasta que un día se produzca el primer y verdadero contacto, y todas nuestras especulaciones ya no sirvan para nada. La Paradoja habrá dejado de existir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario